Telescopio espacial Hubble

El pasado 11 de Mayo, siete astronautas despegaron a bordo de la lanzadera espacial Atlantis en la que sería la quinta y última misión de servicio al Telescopio Espacial Hubble. Quizás el observatorio astronómico más conocido en todo el mundo, este telescopio ha desvelado innumerables misterios y planteado nuevas preguntas sobre el Universo durante los diecinueve años que lleva en el espacio. Lanzado en 1990, ha llegado hasta nuestros días tomando espectaculares imágenes tanto de los planetas y cuerpos vecinos de nuestro Sistema Solar, como de los más lejanos confines del Universo, pasando por impresionantes galaxias y todo tipo de nebulosas.

Pese a que el diámetro de su espejo primario de 2,4 metros es algo modesto comparado con algunos telescopios terrestres, su posición privilegiada por encima de la mayor parte de la atmósfera hace que su visión de los astros no se vea dificultada por las turbulencias presentes en ella, y además le permite también observar en el infrarrojo o el ultravioleta, tipos de luz que aportan datos de interés científico pero que nuestra atmósfera prácticamente no deja pasar.


A 560 km de altura (dando una órbita cada 96 minutos), el telescopio está lo suficientemente cercano a la superficie para que los transbordadores espaciales puedan llegar hasta él. Y es que el Hubble fue diseñado para ser reparado y actualizado periódicamente usando estas naves. Ello ha permitido alargar su vida útil sustituyendo componentes estropeados, así como instalarle otros nuevos para no sólo evitar que quede obsoleto, sino mejorar sus capacidades para que al avanzar la tecnología se vuelva una herramienta aún más eficaz para explorar el Cosmos. Y esto es lo que se ha hecho en esta última misión: además de sustituir todos los giroscopios, baterías y otros sistemas, se instalaron nuevas cámaras y se repararon otras, aumentando su potencia a niveles nunca vistos durante toda su misión.

Nuevos descubrimientos, como discos de material formando planetas en torno a estrellas en la nebulosa de Orión, la existencia de agujeros negros en el centro de casi toda galaxia y supernovas que indican que la expansión del universo se está acelerando sin razón conocida son sólo algunos de los hallazgos de este telescopio, que seguirá maravillando a astrónomos y no astrónomos en los próximos años, hasta que sus sistemas fallen o el rozamiento con la atmósfera propicie su caída a la Tierra, destruyendo para siempre esta maravilla tecnológica, que dejará un legado imposible de olvidar.

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